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Refugio Blogless

Jueves, 09 de junio de 2005

Escenas de Mi Vida

Capítulo I

El día está gris. Dos o tres nubes nada más, pero es lo que más veo. Empañan el cielo y no me dejan concentrar en otra cosa.

Me recuerdan a otro otoño, ya lejano. ¿Podré olvidarme alguna vez?, me pregunto cuando dos o tres nubes empañan el cielo como ahora. La respuesta es la misma, infalible: no será hoy.

¿Por qué, las cosas que nos duelen más, esas que quisiéramos olvidar casi de instantáneo, son las que nos merodean, quitan el sueño, se parecen a un nubarrón que jamás se hace lluvia y desvanece?

Aunque cierre los ojos, bien apretados, puedo ver con total claridad las puertas de vidrio del hospital. Y sentir la mano de mi hermano apretando mi brazo derecho. Y me falta de nuevo la respiración al subir, forzado, las escaleras.


Capítulo II

Y vuelvo al gris.
Al gris de esas nubes que deberían ser blancas.
Al gris de mi vida que se fue decolorando poco a poco.
Al gris del guardapolvo de la enfermera gorda, de esa enfermera mugrienta que nada sabía de buenos modales.
A las paredes grises, que en algún momento habrán estado pintadas con un desagradable tono ocre para una fastuosa inauguración y que el roce de la gente (si se le puede decir gente a los portadores de esa grasitud que día tras día se impregna en las paredes) y el paso del tiempo terminaron por quitarles todo esbozo de buen gusto.

Y los internos, con más hambre que dientes, mendigando tabaco a cada instante, también iban de gris. Pero con guardapolvos que nacieron grises, no como el de la enfermera, que en algún momento habrá sido blanco.

En ese lugar, hace ya algún tiempo, viví la más horrible de las pesadillas.


Capítulo III

La pesadilla se repite. Una pesadilla de paredes sucias y enfermeras sin sonrisas. Enfermeras que creen ser mejor que uno, porque están ahí del otro lado, porque no son ellas las necesitadas de atención y no sufren en carne propia el dolor de sentirse a merced de esos extraños en guardapolvo gris. Gris como el día. Como mis recuerdos.

La familia y los amigos han hecho lo posible y no pueden más. Hasta ahí llegaron, se rinden y te llevan a un hospital mugroso con olor a desinfectante y pasillos repletos de seres que deambulan sin destino. Los veo pasar de nuevo frente a mi, con las miradas sin brillo y se que soy el próximo.

No me queda más que esperar, porque me detiene la mano de mi hermano apretando mi brazo. Y el mareo, el dolor de cabeza, las ganas de salir corriendo y que no me toquen. Que no me pongan la inyección por favor, que fue un accidente y no lo voy a hacer más.

Y entonces vuelve el olor nauseabundo y el recuerdo de unos pasos que se acercan.


Capítulo IV

Esos pasos que retumban en mis oídos como burlándose de mi destino.
Los pasos que me llevaban a pensar en cómo seguiría la vida de los que quedaban afuera.
Quién limpiaría esa mesa cuidadosamente decorada. La mesa impecablemente blanca hasta que, por mi exclusiva culpa, se fue tiñendo lentamente de rojo.
Quién haría el trabajo sucio con una mueca de asco y luego, cuando todo estuviese en su sitio, pondría su mejor cara de acá no ha pasado nada, y se sentaría en un sillón para llamar al olvido.

Pero también los recuerdos alegres llegaban a mi memoria envueltos en el repugnante olor que caracteriza a los nosocomios.
Una y otra vez repasaba el día mas feliz de mi vida.
El día en que, después de años de tratamientos, al volver del laboratorio en el que confirmaron mi esterilidad, mi esposa me recibió tan cariñosamente como no lo había hecho nunca desde que nos casamos y mirándome con la sonrisa más triste que vi en mi vida me mostró el Evatest que echaba por tierra los años de estudio de esos mediocres bioquímicos.


Capítulo V

Dicen que las hormonas se alborotan en las mujeres grávidas. Debe ser cierto. A pesar de la euforia que causaba en mí esta noticia milagrosa, tras años de sufrimiento, culpa y finalmente resignación, los ojos de mi esposa se llenaban de lágrimas.

- Llamemos a mi hermano - le dije ese día - a pesar que estamos alejados desde hace tiempo, se alegrará por la noticia.

- Ya sabe - fue la escueta respuesta. - está acá, en el baño.

Sus palabras fueron interrumpidas por el estruendo del agua descargando el inodoro. Recordé que era tiempo de arreglar la válvula de presión. Se abrió la puerta y allí salió, igual que siempre, la distancia no lo había cambiado, terminando de subir el cierre de la bragueta en el pasillo.

- ¡Hoy tenemos mucho que festejar! - y salí corriendo a la cocina.

Sin prever lo que vendría, preparé café y tostadas, saqué la manteca y la mermelada de naranjas de la heladera y mientras abría el cajón para sacar un cuchillo, percibí el silencio y los murmullos que llegaban del comedor.

Capítulo VI

Me quede tan quieto como pude para tratar de escuchar lo que decían.
Tenía la esperanza de que mis sospechas no se confirmen, aunque en el fondo sabía lo que estaba pasando.

Los murmullos fueron tomando forma en mis oídos hasta que pude escuchar nítidamente la voz de mi esposa -porque tu hermano es un cornudo y un idiota, dijo.
Eso fue demasiado para mi.
Entré sorpresivamente en el comedor y mirándola fijamente a los ojos, mientras ella, que habría tenido uno de esos sofocones tan característicos en las embarazadas, prendía apresuradamente los botones de su blusa le dije:

-No te voy a permitir que hables así de Rogelio.

Rogelio es mi hermano menor, que tantas veces nos había ayudado en cuestiones domésticas y que por una pequeña disputa (de la que nunca supe los pormenores) que tuvo con mi mujer en la época en que él comenzó un noviazgo con una chica de su trabajo, ya no nos visitaba con frecuencia.

Pero no me parece correcto hablar así de los ausentes, que digan semejante cosa de alguien porque no está allí para defenderse. Que ofendan gratuitamente es algo que está mas allá de mi límite de tolerancia.
Puse mi mejor gesto de desaprobación para que noten que no iba a tolerar más chismes en mi casa y los invite a que tomen asiento antes de que se enfriara el café.


Capítulo VII

Esta vez entendieron que hablaba en serio. Los vi perder el color de las mejillas y en silencio, se sentaron. Apoyé la bandeja con las tazas de café y las tostadas sobre el mantel blanquísimo que cubría la mesa.

Si me pidieran describir la felicidad mostraría un retrato de ese momento. Un hijo, tan esperado, en camino y mi hermano nuevamente a mi lado. ¿Estaría soñando?
¡Quién hubiera imaginado entonces, el dolor que más tarde sufriría!

Serví el café y les pasé el azúcar. El frasco de la mermelada estaba bien cerrado y mis manos lo apretaban con fuerza sin lograr desenroscar la tapa.
Entonces mi mujer habló, casi en un susurro.

- Es de tu hermano, Odalisco. Sentate...

Simultáneamente, él trataba de arrancarme la mermelada desde el otro lado de la mesa. Me resistí y el vidrio cedió.
La sangre brotaba manchando el mantel que perteneció a mi abuela, y el contenido viscoso del frasco creaba un enchastre de novela, o de cuento. Los pedazos de vidrio se clavaron de una manera tan profunda que no pude evitar un grito gutural y agudo.

Aborrezco los hospitales. Tengo fobia a las jeringas. Desconfío de los doctores que hablan mucho y difícil. Pero allí terminé, en la sala de guardia y con 4 puntos en la palma de la mano izquierda.

Todo por culpa de Rogelio. Y su desesperación por no compartir su mermelada.

Escrito por Odalisco Smith.



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