Encontrando el escepticismo
Lo primero que recuerdo del sutil y muy lento acontecer de mi paso de la inmadurez a la madurez (aunque por ahí un articulista de mi país se empeñe en decir que los hombres maduramos a los 50), fue el tristeza de darme cuenta que los autoproclamados profetas, investigadores paranormales y visionarios eran una sarta de mentirosos.
Y mentirosos de todas las raleas, desde los que me prometieron que el Aconcagua iba a ser el accidente geográfico mas septentrional de la masa continental de la Antártida en un término no inferior a 15 años (de los cuales ya han pasado 20 y ya no espero), hasta el que me escribió hace 500 años con profecías tan arrevesadas en las que cualquier cosa cabe, pasando por el que comentó sin recato, en un especial televisivo vacuo de fin de año, que un presidente iba a morir sin especificarme el presidente de donde. ¿de dónde?
Compraba con asiduidad Año Cero (en la que me complacía explicar a mis amigos pubertos la gracia esotérica del nombre) Enigmas (con la tenebrosa cara de Jiménez del Oso en la portada, como un recordatorio de que él podría ser uno de los fantasmas que publicaba y la G del nombre de la revista como inquietante dibujito hipnotizante) y disfrutaba con candidez juvenil los dossier y especiales sobre el Yahveh astronauta y extraterrestre conflictivo, los aromas santificantes, Hercobulus y el Reiki. Todo en la misma bolsa.
Y en la misma bolsa del pensamiento técnico y matemático que empezaba a recibir en la carrera universitaria.
Semjase, derivadas, lemuria, límites, triangulo de las Bermudas, Fermat, cátaros, ecuaciones diferenciales, pirámides Egipcias extraterrestres, evaluación geotécnica.
Caray, son muchas, pero muchas cosas las que olvida mi carrera, que olvido yo, que olvida el mundo, cosas que son mas importantes que esta sarta de cosillas comprobables que son enseñadas en una facultad de ingeniería aunque no exentas de la propiedad para proclamar a alguien como bruto (propiedad que no se debe desdeñar), pero que, al fin y al cabo que las iba a ver y comprobar aburridamente siempre.
Por que no se me enseñó a encontrar agua subterránea con ramitas o con plomadas de cuarzo, tal como leía en las revistas de marras y si a matarme perforando artesas.
¿Por qué?
Porque no está comprobado, por que el agua subterránea no crea ningún tipo de onda mecánica, cuántica, magnética o lo que sea que entre en resonancia con tejidos vegetales muertos o con la estructura cristalina del cuarzo.
Pero, peor aún, porque mucha gente miente. La gente miente. Y no solo la "paranormal". Y no hablo de la ficción y de las novelas, por lo menos ahí estas advertido. Tampoco entran aqui las mentiras infantiles de que “El niño Dios son los papás”, no.
Es la mentira como forma de vida, como centro de gravedad del inmenso puente que cada quien arma para pasar de un punto a otro. ¿Como es que no se caen?. Mas rápido cae un mentiroso que un cojo, escuchaba de niño cuando mis padres estrujaban en sus cabezas la manera de enseñarme “moralidad”. Aquí y ahora de eso no hay. Bonita manera de empezar a enfrentar la madurez.
Escrito por Jaime, el escéptico.
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