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Martes, 26 de abril de 2005

A.H.A. Primeros asentamientos o Primeros intentos. (Capítulo 8)

Un atardecer lluvioso de aquel septiembre de 1537 vio arribar al fin al territorio del Paraguay a Eliseo Salazar de Espinosa, su tripulación y sus deseos de febril venganza.
Los nativos de la región, ignorantes como eran de todas estas tortuosas cuestiones, avistaron la nave española y se apresuraron a avisarle a Sebastiano la noticia con cierta alegría. - ¡Maraboto, Maraboto, ahí vienen tus amigos!, gritaban los indígenas con eufórica ingenuidad y evidente desconocimiento de las posibilidades que la rima literaria otorga.

Sebastiano corrió hacia la costa con la sorpresa pintada en su rostro. No acertaba a imaginar qué nuevo desatino le enviaba su olvidado y viejo mundo.

Eliseo y los suyos desembarcaron bajo esa pertinaz y molesta llovizna de septiembre y se confundieron en salutaciones y gracias varias con el improvisado comité de bienvenida.

Finalmente el encuentro inevitable no se hizo esperar.
Salazar divisó entre la concurrencia un rostro que se diferenciaba claramente de las facciones indígenas de los nativos del lugar. Se acercó resueltamente hasta él y mantuvo un memorable diálogo que la historia ha conservado como paradigma de hondura emocional y expresividad retórica.

- ¿Sebastiano Maraboto?
- El mismo.

Dos certeras estocadas de su espada atravesaron el corazón de su padre y lo tendieron sobre el pantanoso suelo, allí donde la sangre de una vieja deuda cobrada se fue mezclando lentamente con la triste llovizna.

Rápidamente advirtieron los indígenas que los recién llegados no eran precisamente amigos del finado Sebastiano. También advirtieron con rapidez que esa espada no poseía muchas pulgas. Y decidieron regresar por donde habían venido.

Luego del necesario tiempo de elaboración del duelo paterno, Eliseo abrió los ojos a su entorno y observó que se hallaba en una floreciente comunidad de neto corte comercial. Se percató de que sólo faltaba allí algún espíritu fundador y algo de civilizada administración, para que se pudiera dar vida a un real asentamiento colonizador que coexistiera en amena paz con los nativos del lugar.

Los miembros de su tripulación, ajenos a los ambiciosos planes de grandeza de su capitán, seguían dando muestras de poseer un irresponsable espíritu socarrón. Habían encontrado en el desgraciado e histórico asesinato de Maraboto a manos de su hijo, un divertido pretexto para asustar a los ingenuos indígenas. Así era como los sorprendían a la vuelta de cualquier choza y le espetaban la pregunta nefasta:

- ¿Sebastiano Maraboto?, ante lo cual los nativos huían aterrados, dejando a sus espaldas un grotesco coro de risotadas.

Más allá de estas muestras de colorido y absurdo ingenio malgastado, Eliseo Salazar de Espinosa llevó a cabo su proyecto y fundó una verdadera ciudad, hito que recibió el reconocimiento de ser el primer asentamiento permanente en la cuenca del Río de la Plata.

En el acta fundacional, que redactó hacia fines de 1537, consignó como nombre de su creación el de Asunción, capital hoy de la República del Paraguay. Dicha elección fomentó no pocas controversias entre los cronistas de la época.

Historiadores más imaginativos que veraces, se apresuraron a declamar que Eliseo habría escogido el nombre de Asunción porque en lengua guaraní significa 'muerte al padre adúltero'. Por otra parte, estudiosos algo más sensatos sostuvieron que el fundador había bautizado a la ciudad con el nombre de su madre, en obvio homenaje. Lo cierto es que la despechada progenitora de Eliseo llevaba el españolísimo nombre de Encarnación.

Pero bueno, también es cierto que en aquella época nadie andaba con ganas de hacerle preguntas de tipo familiar al chinchudo de Eliseo.

Escrito por V. Onoff.



Comentarios

  1. Me gustó tu historia. Yo soy de México y ando buscando las raíces de mi apellido Cuenca y a través de google llegué a tu historia. Como mi nombre y appellido aparece en tu historia me pareció interesante. Gracias

    Eliseo Cuenca — 02-01-2006 21:47:38

Dale, decinos algo.


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