A.H.A. Primeros asentamientos o primeros intentos. (Capítulo 7)
Si bien es cierto que los bronces de la historia pasaron por alto, con su arbitrario lustre, a los nombres que conformaron la frustrada expedición de Joseph Mendoza, también es cierto que sería uno de sus lugartenientes el que reclamaría el mármol del recuerdo, al ser el primero en establecer un verdadero asentamiento permanente en la cuenca del Río de la Plata. Hablamos, claro está, de Eliseo Salazar de Espinosa, también llamado e.s.e entre los íntimos, en obvia alusión a sus iniciales.
Durante la corta estadía transcurrida luego del desembarco, Eliseo supo ser más sagaz que su capitán y pudo entrever el abrupto final que toda aquella historia parecía reclamar.
Sin dejar de prestar fieles servicios a su superior, comenzó a planear una salida viable a todo aquel estofado que lentamente se iba gestando. Supo aprovechar la fortuita circunstancia de haber conservado intacto el barco que los había transportado y, sigilosamente, reclutó voluntarios para volver a embarcarse y continuar la expedición en busca de horizontes más venturosos.
Abocado a sus tareas proselitistas Salazar tuvo noticias a través de un poblador, que en realidad era un ex tripulante de la misión de Juárez Chas, de la suerte corrida por Sebastiano Maraboto en la zona de Rosario. Y entonces terminó de delinear el rumbo definitivo de sus aspiraciones. Habría que remontar el río hacia el norte sin detenerse, y llegar bien lejos, allí donde latían promesas de amables pueblos y fértiles comercios.
El ex integrante de la tripulación de Juárez Chas, devenido ahora en indígena galés por adopción, no supo darle a Eliseo el nombre del expedicionario Maraboto, en parte porque Eliseo jamás se lo preguntó. Pero en el interior de su alma latía una obscura fuerza que presagiaba funestos acontecimientos.
Reunida ya su magra tripulación y aprovechando el alboroto causado por Joseph Mendoza y sus absurdos comercios, el nuevo capitán Eliseo Salazar de Espinosa se embarcó demostrando lo acerado de su temple, que desafiaba abiertamente a la hostilidad de sus anfitriones. Claro que, por las dudas, lo hizo a altas horas de la noche y en el mayor de los silencios.
Si bien el hambre reinaba, masticar vidrio no estaba de moda.
Los días de navegación pasaban y aquel paisaje desierto, de aspecto casi selvático, sólo invitaba a la reflexión. Eliseo fue tornando su carácter hacia lo taciturno y lacónico. Solía atravesar las noches encaramado en su puente de mando, con la vista fija en la obscuridad más absoluta, y pocas veces admitía ser molestado.
Ante la pregunta casual de alguno de sus marinos acerca de qué era lo que buscaba remontando el río hacia el norte, él solía responder: - Voy en busca de mis raíces, cosa que evidentemente desorientaba a más de uno. Pronto el tedio y el aburrimiento hicieron mella en aquel grupo de hombres, y efectuarle la antedicha pregunta al capitán comenzó a ponerse de moda.
Recibir la consabida respuesta hermética era motivo de las interpretaciones más irrespetuosas y chacoteras.
Cuando el segundo marino fue a parar al agua merced a un trompazo del mal llevado Eliseo, el entretenimiento cesó abruptamente.
Nimiedades aparte, el implacable devenir de la historia supo que el capitán no bromeaba. Si bien era cierto que desconocía el nombre del que lo había precedido en aquellos caminos, él albergaba la sospecha de encontrar a un viejo y odiado conocido.
Más precisamente creía ir en busca de su propio padre. Remontándonos varias decenas de años atrás, deberemos consignar para mejor entendimiento, que la infancia de Eliseo se vio conmovida y traumatizada por el abandono de su padre. Sebastiano Maraboto, progenitor en efecto del pequeño Salazar, se había casado con una española al sólo efecto de granjear su ingreso a la marina de ese país, hecho ya descrito. Pero a los pocos años, y a pesar de contar con un hijo de corta edad, su sangre portuguesa pudo más y huyó canallescamente detrás de las prometedoras caderas de una morena.
Su primera y catalana esposa supo perdonarlo, o quizá supo resignarse, pero el pequeño Eliseo juró venganza y hasta evidenció su brutal repudio cambiándose el ahora innoble apellido. Por otra parte, atravesar la vida cargando un Maraboto detrás del nombre era tan nefasto como propicio para las rimas chuscas y burlonas.
Así entonces, Eliseo Salazar casi podía oír el bullido de su propia sangre a medida que se acercaba a destino. La impensada oportunidad que la vida le brindaba le tenía casi desvelado. Tan sólo rogaba a los cielos no hallarlo ya muerto, víctima de alguna enfermedad o de alguna absurda pendencia. Quería que sus propias manos fueran las ejecutoras de la justicia que vengaría a su madre y a su infeliz infancia.
¿Lo lograría?, entérese en la próxima edición.
Escrito por V. Onoff
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