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Lunes, 11 de abril de 2005

A.H.A. Primeros asentamientos o primeros intentos. (Capítulo 6)

Habíamos dejado a nuestro primer adelantado Joseph Mendoza a punto de refundar su otrora floreciente fábrica de abanicos y, al mismo tiempo, a punto de cambiar para siempre la historia rioplatense. Sin más dilaciones y rápidamente se dispuso a realizar el acto ceremonioso e inaugural. Se apresuró a enterrar un mítico poste de madera y, ante el estupor de los asombrados nativos, clavó en el mismo un cartel con el nombre de su próximo emprendimiento.

“Buenos Aires” podía leerse allí. Joseph Mendoza observó satisfecho el prometedor letrero, creyendo que no había ningún nombre más indicado para una fábrica de abanicos.

Sin embargo, y bajo su completo desconocimiento, negros nubarrones se cernían sobre su incierto destino. Los indígenas galeses ya habían advertido que la expedición del recién llegado no contaba con riqueza alguna, a no ser por un par de ratas de sorprendente delgadez.

Este desafortunado hecho dio por tierra con la ilusión de haber recibido un nuevo cargamento de preciosos metales, y generó una rápida corriente de mal humor y animosidad en contra de Mendoza y su tripulación.

Así, y con más velocidad de lo que los colonizadores españoles hubieran querido, el cariño prematuro se convirtió en incipiente hostilidad. Surgieron entonces las calumnias y los infundios en voces de nativos malintencionados. Varios pobladores comenzaron a alertar sobre las intenciones colonizadoras de los visitantes, sustentando tales dichos en el cartel enclavado en el poste fundacional. Algunos gritos de:

- ¡Colonia!, ¡colonia!, comenzaron a surgir de la multitud que se había congregado, a los que Mendoza respondía con mercader ánimo aclaratorio:
- Abanicos, abanicos... perfumes no vendo por ahora.

Como todo gran pionero no fue entendido y nuevas voces hostiles se alzaron con el correr de los días. Lo discriminaron injustamente por su tez color oliva, por no ser rubio y galés como ellos, lo obligaron a circular por zonas determinadas e identificadas con absurdos carteles que rezaban leyendas vergonzantes como: "el negrito joseph y los suyos" y "Los Rubios como la Gente".

Finalmente y al poco tiempo, hartos de ese fabricante de inutilidades incomprensibles, lo echaron lisa y llanamente a patadas de la región. Conservaron, sin embargo, el cartel que decía 'Buenos Aires' a manera de recuerdo de tan singular personaje, sin saber la carga profética que encerraba tal cosa.

El resto de su vida y sus obras se perdieron en el injusto olvido de la historia. Pero algunos indicios de su particular actividad se hallaron varios años más tarde en una zona situada en el norte de Bolivia, en el hallazgo de singulares abanicos que eran venerados como dioses paganos por incultos pobladores del lugar.

Escrito por V. Onoff



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