A.H.A. Primeros asentamientos o primeros intentos. (Capítulo 5)
Las costas del África jamás vieron asomar la proa de la embarcación de Joseph Mendoza y, en cambio, la joven Sudamérica sí lo vio arribar gallardo en su puente de mando.
Célebre fue la respuesta que el aprendiz de navegante Joseph le devolvió a su tripulación, cuando ésta lo increpó por el sutil desvío del derrotero prefijado. Parece ser que simplemente se encogió de hombros y respondió: - Bueno, sigue siendo el Atlántico, ¿no?
Por otra parte, la monarquía española enterada del fracaso de su persecución y el bochorno de tan vergonzante huida, decidió adelantarse a los hechos y nombró a Mendoza el Primer Adelantado del Río de la Plata.
Política del disimulo, murmuraron por lo bajo algunos detractores del reino, pero a la luz de los hechos posteriores quedó demostrado que no había estado del todo errado el rimbombante nombramiento.
Volviendo al nuevo destino del Primer Adelantado, Mendoza fue recibido con notable y afectuoso cariño por los indígenas galeses, que creyeron ver otro sabroso cargamento de oro y plata enviado por la muchas veces esquiva fortuna. También espiaban de reojo al barco recién arribado, calculando la cantidad de madera de que dispondrían para sus fortines en defensa de los malones coreanos.
En total desconocimiento de estos detalles, Joseph creyó haber arribado al paraíso mismo. Sumado al cariño notablemente desinteresado que recibía de los nativos, su ojo clínico para los negocios le dejó entrever una veta formidable en el clima del lugar. Aquella densa humedad y aquel calor por momentos sofocante, eran fértil tierra para refundar su ya desaparecida fábrica de abanicos.
La Primera Fundación estaba en marcha. Asista con su correspondiente escarapela en la próxima edición.
Escrito por V. Onoff
![]() |
![]() |
![]() |








