A.H.A. Primeros asentamientos o primeros intentos. (Capítulo 3)
El invierno de 1535 le mostraba su más cruda cara al pequeño comerciante Joseph Mendoza. Los vientos huracanados que asolaban toda la península ibérica no favorecían precisamente su humilde fábrica de abanicos artesanales. Así entonces, viéndose a un paso de la ruina y llevado por la miseria a una delgadez física que amenazaba con remontarlo por los aires, decidió jugar su última carta y tratar de obtener los favores reales que rara vez se otorgaban a los de su condición.
Cargó entonces con sus pálidas ilusiones y se dirigió hasta el palacio del reino en busca de financiamiento para su pequeña empresa, dádivas desinteresadas de mecenas generosos, o simple limosna. Según parece, y a juzgar por el devenir de los hechos, no obtuvo los favores de los nobles pero sí logró ciertos cariñosos favores de la hija del rey, una joven reconocida por sus liberales costumbres y sus ligeros cascos.
No tardó en diseminarse la noticia por todo el palacio y la ira del Rey no se hizo esperar. Mendoza se convirtió en la persona más buscada de aquella sociedad influida por el feudal régimen.
Desesperado y creyéndose más cerca de la horca que de los abanicos, acertó a esconderse en un navío pronto a partir rumbo a la costa oeste de África. Una vez allí, fortuitos designios e impensados equívocos lo llevaron a ser confundido con el capitán de la nave, que se hallaba ausente por desconocidos motivos.
Joseph Mendoza no lo dudó ni un instante y decidió cumplir dicho rol, echando mano al mismo y aventurero espíritu que lo había llevado a emprender riesgosos y ventilados negocios. Pero claro, la navegación a mar abierto y la fabricación de abanicos requieren de diferentes habilidades. Bastante diferentes, por cierto. Esto quedó demostrado en el levemente desacertado rumbo que tomó la nave al mando de Mendoza.
Entérese el próximo lunes adónde fue a parar...
Escrito por V. Onoff
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