A.H.A. Descubrimiento, colonización y otros fracasos (Capítulo 1)
En febrero de 1516, el navegante español Anselmo Juárez Chas introdujo su nave en el estuario del Río de la Plata. Desembarcó reclamando la zona circundante en nombre propio al grito de: - ¡¡¡Esta tierra es mía, mía, mía!!!
Los habitantes del lugar, indígenas descendientes de colonias galesas que habían emigrado de la región sur, hoy llamada Patagonia, lo recibieron con enternecido cariño. Sonriendo simpáticamente ante cada demostración de soberbia colonizadora, se apresuraron a ofrecerle artesanías típicas logrando deslumbrar a Juárez Chas y su agotada tripulación.
Así entonces, mientras un nutrido grupo de indígenas se deshacía en ofrecimientos hospitalarios y regalo de baratijas confeccionadas en aluminio, otro grupo algo más preparado se apresuraba a desvalijar el galeón de Anselmo de todo contenido de oro y plata.
El intrépido navegante español jamás reparó en el saqueo sufrido, puesto que los indígenas, demostrando ser precavidos, se afanaron en desarmar dicho galeón para utilizar la madera que lo conformaba, elemento desconocido en aquellas tierras, en la construcción de fortines. Dichas construcciones serían usadas tiempo más tarde, para defender a su pueblo de los temidos malones de indígenas coreanos, que acostumbraban asolar a los nativos arrasando todo a su paso y sembrando autoservicios que, encima, prosperaban.
Anselmo Juárez Chas perdió así su embarcación y las numerosas riquezas que traía a bordo. Pero, deslumbrado como estaba con lo exótico de su descubrimiento, no reparó en nada de lo que había ocurrido a sus espaldas. Su escasa tripulación se dispersó entre la hospitalidad de la población indígena, mimetizándose y adoptando rápidamente sus costumbres y su religión.
Particularmente, Anselmo calmó el natural desasosiego que la lejanía de sus tierras le causaba, persiguiendo a una rubia nativa de singular belleza. Advertido fue, sin embargo, por ciertos pobladores condescendientes, del peligro que corría al internarse en cierta intrincada zona del trazado urbano indígena. Pero Anselmo, cegado ante esos cabellos color oro que hablaban de su ascendencia nórdica, hizo caso omiso de toda advertencia y se internó en dicho barrio.
Nunca más se lo volvió a ver. Generaciones futuras le rindieron merecido homenaje a este adelantado español bautizando con su apellido a un parque que se hallaba en dicha y nefasta zona. Nacería entonces Parque Chas.
Diez años más tarde, el amplio cauce del Río de la Plata recibiría la segunda visita colonizadora. Exactamente el 18 de julio de 1526, Sebastiano Maraboto guiaba a la proa de su nave por las aguas marrones de ese río de anchura desmesurada, pero de Maraboto y sus intenciones nos ocuparemos en la próxima edición.
Escrito por V. Onoff
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