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Miércoles, 17 de noviembre de 2004

A los libros de antaño, salud

Mi padre es una persona ingeniosa y audaz. Y sobre todo un gran lector. Soy hija única, nacida en un pueblo, en un barrio donde viví una infancia rodeada de vecinos de casi mi misma edad, con la única salvedad que todos, excepto yo, eran varones. Eso condiciona a una niña, cuya madre pretende que sea un ejemplo de femineidad, y buenos modales. Sobre todo porque la única manera de no aburrirme con ese panorama era convertirme en una gran jugadora de fútbol, una experta en bicicross, y el record máximo de subida por las lisas paredes del tronco de unos eucaliptos hasta la rama más cercana.

Mi padre es una persona ingeniosa y audaz. Y sobre todo un gran lector. Soy hija única, nacida en un pueblo, en un barrio donde viví una infancia rodeada de vecinos de casi mi misma edad, con la única salvedad que todos, excepto yo, eran varones. Eso condiciona a una niña, cuya madre pretende que sea un ejemplo de femineidad, y buenos modales. Sobre todo porque la única manera de no aburrirme con ese panorama era convertirme en una gran jugadora de fútbol, una experta en bicicross, y el record máximo de subida por las lisas paredes del tronco de unos eucaliptos hasta la rama más cercana.

Y como toda niña con esas características, mi conducta dejaba bastante que desear. Cuando mi madre descubría que la puerta de vidrio del comedor lucía tonalidades rojizas decoradas con pintura sintética por mi mano de artista, lo primero que se le ocurría era perseguirme a los gritos por toda la casa, zapatilla en mano, pretendiendo aplicarme un castigo ejemplificador. Obviamente, mi velocidad de niña era mayor, y antes que ella pudiera darse cuenta, yo ya había trepado al techo por el caño que llevaba agua al tanque, y desde allí observaba el mejor momento para bajar. Los vecinos estaban acostumbrados a los gritos de “ya vas a ver cuando venga tu padre”. Mi madre siempre fue poco original.

A las ocho de la noche, mi padre llegaba del trabajo. Ahora que soy adulta creo que había descubierto la manera de mirar sin escuchar, y sobre todo sin que se le note, porque siempre me intrigó esa expresión impasible aún cuando mi madre le relatara los acontecimientos más insólitos. Pero no le quedaba más remedio que hacerse cargo de imponerme la pena. Yo lo miraba ya presintiendo la evaluación del acto de decidir, porque mi padre siempre fue un hombre justo. Lentamente dejaba el diario sobre la mesa, se lavaba las manos y se encaminaba hacia la biblioteca. Allí elegía el libro que yo debía leer en castigo por mis cargos. Las penas estaban divididas en tres: menores, medianamente importantes y definitivamente graves. Por ejemplo, escaparme a la hora de la siesta por la ventana de la cocina para ir a cazar ranas a la laguna detrás de la iglesia, implicaba la lectura de Juvenilla, Corazón, Bajo Las Lilas, Cuaderno de infancia o similar. Si el delito incluía trasgresión con rotura reparable, como por ejemplo subir al techo a pelearme a pedradas con el vecino de la casa intermedia, y en el acto bélico terminara algún vidrio destrozado, ya sea el de la claraboya de nuestro baño, o el de la ventana de su dormitorio, era considerado un acto medianamente importante que implicaba tener que leer de principio a fin Novelas Ejemplares, La Vida es Sueño y un día en el que lo agarré demasiado enojado por problemas externos, me valió la lectura completa de El Martín Fierro. Ahora, cuando mi accionar implicaba desobediencia, rotura definitiva y gran erogación monetaria, ahí me empezaba a preocupar. Como la vez que me prohibieron trepar al techo del galpón del vecino por estar su estructura podrida, y yo, en mi afán de estudiar la fauna local poniendo trampas para palomas, desobedecí la orden y caí junto con el techo sobre las herramientas de labrar que allí se encontraban, y de lo que me quedó como recuerdo una ceja partida que aún hoy trato de disimular con maquillaje, la condena fue realmente mayúscula, y tuve que leer y relatar completo La Madre, de Máximo Gorki.

Nunca se le cruzó por la cabeza a mi padre, que ese tipo de penitencias podría tener como consecuencia un odio desmedido hacia la lectura, cosa que no sucedió indudablemente. Por suerte los padres de antes no sabían nada de psicología.

Ellos siguen viviendo en mi pueblo. Él acaba de cumplir 76 y cada vez que voy a visitarlo, divertida le recuerdo los castigos infantiles. Me mira con sus ojos verdes tan claros que parecen trasparentes, sonríe y me dice “¿pero viste? Al final te saqué buena”.

Escrito por Ginger



Comentarios

  1. HOLA Q TAL ME PARECE MUY BIEN ESO

    VASQUEZ NERIS CHRISTIAN MAXIMO — 18-09-2005 22:04:36

  2. muy buena reflexion, sin emabrgo mencionas q leiste el libro de la madre, de maximo gorki... xq no pusist el resumen? lo necesito.... chinga...
    atte: un tio enkbronado

    gabriel — 07-01-2007 21:00:40

Dale, decinos algo.


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